sábado, 16 de octubre de 2010

Extracción de Tríptico, Libro escrito entre Diego Arbit, Fabio Guerrero Arévalo y Darío Semino

Capítulo 5: Dorio (escrito por Darío Semino)


Notas para una posible novela:

La novela requerida entonces, debe empezar a escribirse. Llegó la hora, después de los lloriqueos y correspondientes ataques de pánico, de recopilar oraciones con la intención de...


Primer momento. Observación de la vida cotidiana. La dictadura de la ironía y el cinismo déspota. Básicamente, un mecanismo de defensa y en última instancia un modo de preservar el status quo.
El dilema de la viejita. Desde el comienzo del día uno se levanta a la mañana. Respira frío o calor (dependiendo de la época del año), se baña, desayuna, se cambia… Y sale. Abrimos la puerta para salir de casa y entrar al mundo exterior. Uno sube al colectivo para ir a trabajar y saca boleto con una somnolencia ritual en cada gesto. Uno, ese mismo que sacó boleto, se sienta en un asiento, el único asiento que hay vacío, en la tercera fila, no muy atrás, y se dispone a dormitar. Pero el colectivo se mueve, frena, dobla, salta al pasar por los baches de las calles (cortesía del Gobierno de la Ciudad) y uno, que intenta dormitar tranquilo, perdiéndose en reflexiones literarias, que si Onetti que si Borges, uno abre los ojos, tan sólo por una milésima de segundo. Y ahí es que la ve. Amenazante, parada sobre dos tambaleantes piernas de alambre, vigorosa en su senectud, agresiva y suplicante a la vez. La viejita.
El dilema comienza porque uno lleva acumulado en su interior bastante neurosis e incertidumbre. Ahí está, he ahí la viejita. En un intento ingenuo por negar lo evidente uno voltea hacia ambos lados. Registra frenético los demás asientos, sólo para corroborar que están todos llenos. Y no sólo eso. Porque el problema no es que todos los asientos estén ocupados sino que ninguna de esas personas estén dispuestas a darle el asiento a la viejita. Así comienza el dilema. Como un quiebre entre dos seguridades. Uno piensa, en primera instancia, que es su deber darle el asiento a la viejita. Pero por otro lado se encuentra con que nadie más parece dispuesto a hacer tal cosa. Entonces tal vez la viejita no sea en realidad tan viejita como para darle el asiento. Quien le ofreciera su lugar correría el alto riesgo de faltarle el respeto. Ya que es bien sabido que pocas cosas son tan terribles como la ira de una vieja que en realidad no es tan vieja.
Es bien sabido que el dilema no tiene resolución posible, al menos no con resultados positivos. Si cedemos el asiento tenemos que seguir el viaje de parados. Si no lo hacemos tendremos que hacernos la idea de que hasta el fin del mismo vamos a estar sintiéndonos culpables e incómodos con la viejita mirándonos.



(La premisa que motiva lo que antecede es clara: pasar de la vida a la escritura, generando un documentalismo literario. No se trata, es importante entenderlo, de un abuso más de la cualidad mimética sino más bien de un modo de exploración. También podemos sugerir la idea, o quizás la excusa, hedonista. Si fuéramos intelectualmente correctos encontraríamos una justificación psicoanalítica, ya que el deseo de placer y sus respectivas represiones siempre corren por cuenta de los psicoanalistas ¿Pero qué deseo, qué placer? Existe una pequeña aunque irrefutable satisfacción en el hecho de escribir, no sólo por la ilusión catárquica y la posibilidad de mandarnos la parte posteriormente, más allá de eso existe el placer del trazo, porque la escritura es, en su grado más primitivo, un trazo y nada más que un trazo. [gracias Barthes] Entonces escribiríamos esto por mero placer masturbatorio, como si usáramos nuestro semen para llenar la hoja. Y a su vez podríamos plantearnos las ventajas liberadoras que hay en ese placer. Disfrutar de la cuestión post- orgásmica para limpiar la mente y crear desde un estado de tranquilidad y pureza. Lo que muchos llaman soltar la mano.
Pero volviendo al tema del documentalismo literario habría que formular un conjunto de reglas que nos permitan desarrollar el género de forma independiente. Sin caer en la pedantería de la copia, ya no de la realidad, sino de otros géneros ya existentes, por ejemplo el periodismo. [tema aparte] Tampoco queremos hacer literatura realista ni ninguno de sus derivados, por ejemplo el costumbrismo, el naturalismo decimonónico, o la exageración cientificista del noveau roman. El documentalismo literario se encuentra más allá de ésas y otras posturas, supera todos los debates posibles acerca de la labor literaria y está llamado a ser el nuevo punto de inflexión de la historia de la literatura. El futuro es nuestro, el género ya está listo, listo para cambiar todas las reglas, solamente falta definirlo).



Historia del surgimiento, auge y caída del documentalismo literario


Los comienzos del documentalismo literario se remontan a los últimos años del siglo XX. Entre 1998 y 1999 se produjo el famoso encuentro casual, en los pasillos de la facultad de filosofía y letras de la Universidad de Buenos Aires, de los dos jóvenes que serían los responsables de llevar a cabo una de las revoluciones más particulares en las estructuras literarias modernas. Estos dos estudiantes de letras se llamaban: Antonio di Korda y Maximiliano Abrahan Enrique José Wilbur Esccelotto, argentino el primero y uruguayo el segundo. Esccelotto y di Korda se hicieron amigos inmediatamente “mientras nos comíamos un pancho”, según recordara posteriormente en su biografía el uruguayo.
Los primeros borradores del manifiesto fueron redactados en esos años aunque pasaron rápidamente al olvido junto con muchas otras teorías que formulaban los amigos como una forma de divertirse. “Nos juntábamos en la facultad, a veces íbamos al bar de enfrente, que con una hemorragia de creatividad había sido bautizado Platón, y nos pasábamos horas discutiendo, en ocasiones nos perdíamos las clases. Permanentemente escribíamos manifiestos que pretendían desarticular las nociones críticas que nos imponían nuestros profesores. El documentalismo literario fue uno de esos manifiestos, así nació, y muy pronto se traspapeló entre teorías y conversaciones manchadas de café”.
Pero ese borrador no estaba destinado al olvido. Pocos años después fue recuperado por di Korda quien se sintió absolutamente sorprendido de haber sido el autor de un texto tan innovador. Los dos amigos volvieron a redactar el manifiesto varias veces hasta obtener la versión definitiva, la cual fue publicada en internet, en la hoy ya mítica página de di Korda: www.archideconstruidos.com.ar. Inmediatamente después de terminar con el planteo teórico di Korda y Esccelotto comenzaron a producir textos que avalaran el manifiesto. De estos primeros años son las mejores obras del escritor argentino, entre el 2002 y el 2006 escribe y publica en internet: La odisea de las puertas, El pene de Francis Scott Fitzgerald, Llamarse di Korda, Marilyn, El cementerio de las fantasías, La etiqueta de la cerveza, Borges nunca fue joven y Gutiérrez, el tigre de Balvanera. Dueño de un estilo único, que oscila entre el cinismo cotidiano y el fanatismo mediático di Korda fue un creador incansable cuya prosa es tan vertiginosa como lo fue su vida. Se casó por primera vez a los dieciocho años con Eleonora Ascasubi, su novia de la secundaria. Ese primer matrimonio, al igual que los otros cuatro, iba a durar muy poco. Di Korda era una persona apasionada y ecléctica, que poseía un talento desmedido y una capacidad de acción desbordante. Pero esas cualidades, como suele ocurrir, venían acompañadas por la sombra de los excesos y la locura. A lo largo de los cuarenta y cinco años que duró su vida di Korda no sólo se casó cinco veces, la última con un futbolista sudafricano, sino que también se dedicó al periodismo, la docencia, la militancia sindical, la actuación y el paracaidismo. Se jactaba de hablar cinco idiomas y disfrutaba de rodearse de famosos. Las crónicas de la época lo describen como un personaje imprescindible de la noche porteña, habitué de las orgías organizadas por Cacho Alvarez, quien por esos años había abandonado la política. También era conocido como di Korda el loco, por sus ataques de delirio y su perversa obsesión con Marilyn Monroe, a quien buscaba en todas las mujeres rubias que se cruzaban por su camino. Muchos sostienen que esa fue la causa del breve pero intenso romance que mantuvo con la veterana actriz Mihrta Lhegrand. Finalmente el genial escritor, el polémico personaje murió el 5 de octubre de 2020, el mismo día de su cumpleaños, atragantado con un hueso de pollo. Dejó escrita una de las obras más originales del habla castellana, compuesta, aparte de los ya mencionados, por Canibalismo, Remoto Control, Sobacos ensopados, En busca del buscón perdido, 34 rph, Joyce estaba del orto,
Soliloquio/Coloquio, Santa Monroe y Solidez entre los más destacados. Todos sus textos mantienen la premisa de la experimentación permanente postulada desde sus comienzos, fue tal vez el único escritor que llevó hasta las últimas consecuencias el mecanismo transforterizo, o de desaparición de las fronteras. Por eso es imposible determinar si sus libros son novelas, ensayos, poemas o artículos periodísticos.
Muy diferente fue la vida de Esccelotto. Hijo de un panadero italiano, Esccelloto nació exactamente el mismo día que su amigo, el 5 de octubre de 1975. Pero aparte de eso y de su afinidad ideológica, Esccelloto no tuvo nada que ver con di Korda. Su obra consta de un solo libro el cual tuvo sucesivas reediciones a lo largo de los años. Octopuso, tal es el nombre de la obra, fue reeditado, siempre con agregados, unas sesenta y siete veces, y consta exactamente de tres mil doscientas cuarenta y siete páginas. Hay que tener en cuenta que Esccelotto vivió ciento catorce años y escribió hasta el último día de su vida.
Su juventud la pasó en Montevideo, de donde partió a los dieciocho años con su familia para instalarse en Buenos Aires. Diez años más tarde volvería a Montevideo y se quedaría allí para siempre. Extremadamente celoso de su privacidad, nunca fue una figura pública, daba muy pocas entrevistas y nunca permitía que lo filmaran o lo fotografiaran. Antes de morir exigió tajantemente que jamás se publicara ninguna biografía suya que no fuera la que hizo su esposa Celeste Klein. Y nunca fue a recibir ninguno de los incontables premios que se le ofrecían, rechazó el premio Cervantes, el Príncipe de Asturias y el Nobel.
Hablar de Esccelloto significa hablar de Octopuso, el descomunal libro que elude todas las definiciones. Hasta el día de hoy los críticos no logran llegar a un acuerdo acerca de su naturaleza. Mientras que algunos detractores sostienen que se trata simplemente de una novela larga otros tienden a considerarlo no sólo como la manifestación más acabada sino también como la superación misma de la transfronterización. El libro se plantea en un principio como la corroboración empírica de la teoría de la novela. “Todo lo que puede escribirse puede escribirse en la novela”. Pero a medida que el texto avanza se desprende no sólo del discurso sino también de la intención de ficcionalización, para terminar convirtiéndose en una refutación de la misma cita que pretendía corroborar. Hay especialistas que sitúan en Octopuso el final de la novela post-moderna que había comenzado con Ulises de James Joyce. Otros no están de acuerdo y consideran que Octopuso no es un solo libro, es más bien una recopilación de libros que se realizó a lo largo de los noventa años que duró su escritura. Más allá de las discusiones es indudable que Octopuso ocupa un lugar fundamental, para bien o para mal, en la historia de la literatura universal.
El documentalismo literario no acabó en las obras de di Korda y Esccelotto. Después de que el manifiesto fuera publicado en internet muchos jóvenes escritores que no encontraban un modo de expresión adecuado se sintieron identificados con la propuesta. Es importante tener en cuenta que el documentalismo literario fue uno de los primeros movimientos en desarrollarse paralelamente en varios países del mundo. Durante la primer década del milenio existió una escuela de escritores documentalistas en los cinco continentes, escribiendo en diferentes idiomas y sin conocerse entre ellos. La lista de nombres es larga y heterogénea, se destacan en ella el español Albertino Sánchez, el colombiano Fernando Nágera, los estadounidenses John Somerset y Melanie Rodríguez, el nicaragüense Ricardo Félix de la Haya, el alemán Werner Kretksz, la inglesa Eva Johnson Mills, el japonés Ryunosuke Nishi, el ruso Alexander Gorlof y la escritora india conocida como Avalokitesvara que también fue la tercer esposa de di Korda.
A principios de la década del 10´ el documentalismo literario se había ramificado subterráneamente por todo el globo. El reconocimiento para sus dos creadores se plasmó en cierto rédito económico de las ventas de sus libros a pesar de que nunca fueron tan masivos como prestigiosos. En 2012, con el dinero obtenido por sus múltiples trabajos, di Korda fundó la Editorial Sandokán como un espacio desde el cual combatir el monopolio de las grandes editoriales manejadas por empresas multinacionales. La elección del nombre es una manera de honrar a quien representaba el primer acercamiento a la literatura para el niño di Korda.
A medida que fue avanzando la segunda década del siglo se generó en la literatura a nivel mundial una situación particular debido a la aparición del documentalismo literario. Se produjo una división del terreno entre quienes postulaban al nuevo género como la única forma posible de hacer literatura y quienes se negaban a aceptar las innovaciones propuestas por el manifiesto. El segundo grupo de escritores continuó desarrollando una noción de la literatura que no tenía en cuenta siquiera la existencia del manifiesto y sus seguidores. Podría decirse que el documentalismo literario casi nunca fue atacado sino simplemente despreciado, negado con indiferencia. La figura polémica y mediática de di Korda produjo que muchos literatos consideraran que el movimiento carecía de contenido y solidez.
Todavía hoy existen muchas interrogantes acerca del documentalismo literario. Una vez pasado su momento de mayor efervescencia fue lentamente quedando de lado. A pesar de esto su influencia se plasmó en la mayoría de los escritores de las generaciones siguientes de forma tal vez inconsciente. Muchos de los nombres que le dieron brillo al movimiento están actualmente olvidados o se destacan como individuos independientes pero no como parte de un grupo.


Bueno, bueno, acabo de inventar la historia de un movimiento. La incapacidad de redactar un manifiesto engendra la capacidad para inventar sus consecuencias. Es una de las posibilidades de la escritura. Si no tengo nada que escribir me invento un linaje, una corriente en la cual situarme. Me hago el borgeano y listo.

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