lunes, 12 de julio de 2010

Extracción Tríptico (Co editado con Darío Semino y Fabio Guerrero Arévalo

I
Leandro



No esperaba volver a hablar tan pronto en realidad, mi idea era llamar al silencio por un tiempo. Pero las cosas se dan de una manera y de esa manera andamos de acá para allá, empujados por algún capataz invisible por la angosta entrada del corral donde se guarda el ganado. Todos los pobres personajes los sumisos personajes que habitamos esta ciudad, porque en esta ciudad empieza esta historia, en Buenos Aires, en Argentina, todos estos transeúntes que sin sentido recorren la ciudad, enojados con su destino, con su rutina diaria que devasta todo toda esta vida sin sentido toda esta humanidad resentida violenta y triste como la ciudad, que se choca y muge adentro del corral... No quería volver a hablar tan pronto en realidad, tan pronto no, en un rato. Pero al rato ya tengo otra historia para contar y es de ésta en particular sobre esta sencilla historia quería hablar, esta historia que comienza con dos protagonistas, uno, Leandro Torbi, un vendedor ambulante que se cree escritor. Leandro anda por los bares de la ciudad vendiendo sus libros, sus palabras. Por alguna razón que desconocemos Leandro le da mucho valor a sus palabras, y por esa razón que desconocemos anda por los bares de la ciudad, casi todos los días de la semana tratando de vender y difundir sus palabras. Pero sus palabras no gustan a algunas personas, algunas personas se ofenden con lo que Leandro quiere decir en sus libros, y es que no es muy agradable la forma de escribir del muchacho. Ahora mismo una señora mayor se pone furiosa con un párrafo de Torbi, una curiosa página al final del libro consta de una larga lista de agradecimientos, al final de los agradecimientos aparece una maldición, transcribo esa maldición tal cual la escribió Torbi para que tengamos una idea de como se refiere el vendedor ambulante a las cosas y a las personas.
“Pdata: En ediciones anteriores aparecía en la lista de agradecimientos la gente de Gigir. Ojalá se les pudra el alma, que las peores pestes y el cáncer más doloroso los invada, que la peor desgracia caiga sobre sus familias. Es muy feo jugar con los sentimientos de las personas.
No tienen idea hasta donde puede llegar la maldición de un poeta.”
Qué fue lo que le pasó con la gente de Gigir quizás más tarde lo sabremos, pero esa pregunta muy natural no se la hizo la señora Zunilda Atrofocia Martín Álzaga. La señora Álzaga gozaba de un dinero importante de una comodidad que acompañó toda su larga existencia, la señora Álzaga vivió setenta y dos años en esta tierra de nadie, pero en su corazón guardaba un peso una desazón una desilusión irreparable, ciento treinta o ciento cincuenta años sin sentido sin una satisfacción sentía que vivió Zunilda Atrofocia Martín Álzaga. La señora Álzaga, que es la segunda protagonista de este primer capítulo de esta historia se denominaba señora por capricho de vieja, porque nunca visitó lecho alguno, nunca durmió de otra manera que en soledad. Compartir su olor con el de otra persona le repugnaba, su casa grande la recorrió por años en soledad. Es cierto que en su juventud se masturbaba, en el baño en el almuerzo familiar en la casa de sus tías muy cerca de sus tías incluso con sus tías mientras tejían. Es verdad todo eso, y también es verdad la culpa que Zunilda sentía, mucha era la culpa, culpa en el almuerzo familiar en el baño en la casa de sus tías. Pero la culpa no calmaba el ardor el fuego que su chucha segregaba. La señora Álzaga tras horas de frotado de clítoris luego de ejercitar sus dedos metía cuanto podía en su agujero, dados, botellas, muñecas, zapatos, pequeñas libretitas, Romeo y Julieta, La Ilíada, El Martín Fierro, agujas de tejer hasta el fondo que luego buscaban su tías, a veces con las manos a veces con los dientes. El ardor era muy grande el fuego todo lo incendiaba, y Zunilda no se podía calmar, a Zunilda nada la calmaba. Zunilda sabía que estaba pecando, sabía que era una gran pecadora, y como pecadora que era le temía a Dios, Zunilda temía a Dios, a su venganza. Esa venganza no tardó mucho en llegar, porque toda la Familia de Zunilda, madre padre y hermanas, murió en un accidente cuando ella tenía apenas diecisiete años de edad. Zunilda sabía que era la pecadora la responsable de ese desastre, y sabía que si seguía pecando la ira de Dios iba a continuar, pero Zunilda seguía cachonda. Toda la semana de Luto en la casa casi vacía de los Martín Álzaga Zunilda le dio sin asco a la chucha, por la mañana, terminando por la noche, antes de descansar, a veces incluso un poco mientras dormía. Fue por eso que Zunilda no pudo más de tanta culpa y se castigó echándose nafta en la chucha y tirándose un fósforo encendido delante de las tías, la chucha se encendió y las tías tardaron en poder apagarla. Tres meses estuvo internada en un hospital Zunilda Atrofocia, los tejidos destruidos entre sus piernas perdieron toda sensibilidad, a veces se meaba es verdad, pero ya no era una pecadora.
Zunilda dedicó el resto de su vida a la lectura de poetas puritanos y novelas rosas, muchos años después, en su ancianidad dedicó su vida a los libros de autoayuda, y ella misma se animó a escribir algunas cosas, llenaba y llenaba sus libretitas con palabras, casi siempre sentada en un bar. Y sentada en un bar fue como llegó a su mesa un libro de Torbi. El libro de Leandro en verdad la impresionó, leyó algunas páginas sueltas, pero cuando terminó de leer la maldición a Gigir fue demasiado. Zunilda habló a Torbi un rato largo, intentaba hacerle entender lo mal que hacía en escribir esas cosas, ella le deseaba lo mejor a Torbi, le deseaba que se convirtiera en un gran escritor, pero le pedía por favor que no escribiera esas cosas, es que esas cosas la asustaban. Pero Zunilda notó que no conseguía convencer al vendedor ambulante, que se creía escritor, y por eso Zunilda no le devolvió los libros a Torbi, le compró ese libro y todos los libros que Torbi tenía en su mochila. A todos esos libros Zunilda los quemó, y siguió comprándolos a todos, para quemarlos. Zunilda llamaba a Torbi varias veces por día, muchas veces en realidad, y le leía algún capítulo de un libro de autoayuda, si no atendía le dejaba su lectura en el contestador. Torbi se volvió temeroso de salir a la calle, porque cada vez que salía la señora Álzaga se le aparecía, como por arte de magia, casi todos sus ejemplares iban a parar al horno, casi todas sus palabras desaparecían. Sin embargo Torbi se dio cuenta que no estaba tan mal que pocas personas recibieran sus palabras, porque alguno que otro libro la señora Álzaga no podía rescatar, no estaba nada mal el dinero que la señora Álzaga le daba. Gracias a ese dinero Torbi escribió más libros, muchos libros en realidad. Palabras y palabras sin sentido que llenaban a la vieja de fantasías macabras, que hacían que la vieja se meara antes de quemar los libros. Casi a tres manos escribía Torbi para recibir el dinero de la señora Zunilda Atrofocia. Casi no podía escribir más, ya casi no podía escribir más, pero más libros más dinero, eso lo sabía Torbi. Por eso tuvo que revelar su pequeño secreto a un par de amigos, a su mina de oro la tuvo que compartir con un par de amigos pidiéndoles que le ayudaran a escribir un libro, lleno de injurias a Dios a esta vida espantosa a este destino irreparable de eternos corderos en el corral de los vencidos, esta vida sin sentido de acá para allá no termina nunca, porque nuestros hijos nos repiten siguen nuestra existencia prolongan nuestra podredumbre nuestra miseria nada nos va a enriquecer, quizás materialmente la señora Zunilda, y la vida acomodada que le ofrecía Zunilda convencía bastante a Leandro Torbi.
Esta historia apenas empieza, sus ramas son interminables y sus protagonistas cambian en cada página quizás, porque a cada página el narrador cambia, y quién sabe qué es lo que puede pasar, allá los miedos de uno se mezclan con las fantasías ridículas de otro narrador, acá mismo las miserias de uno no se comparan con las miserias del próximo escritor, estos tres miserables que dedican sus horas miserables a respirar la mierda de la ciudad, la mentira de la ciudad, la miseria de la vida se respira en estas páginas quizás, en algunas páginas quizás, ya veremos...

No hay comentarios:

Publicar un comentario